Se murió Yayoi Kusama
Pues bien dicen que se van de 3. Un día después de que Dolly Partió(n), el intern estaba escribiendo de la muerte de Mister Peniguais (Tim Curry) cuando redepente le marcó su amiga diseñandora de Centro en llanto. Resulta que la peor pesadilla de los tripofóbicos, Yayoi Kusama…mó. La oyuki que revolucionó el mundo del arte contemporáneo poniéndole puntitos a todo como si estuvieran contagiados de varicela. Además, tenía una fijación interesante con los hongos (tanto consumidos como en objeto de expresión artística). Sus obras han estado por todo el mundo, pero seguro la viste si eres uno de esos mamadores que abarrotaron el Tamayo hace más de 10 años para tomarse foto en el cuarto de puntitos o si eres un buchón consumidor frecuente de Louis Vuitton con quien hizo una collab hace un par de años. Esta tierna mulan artísitca murió de 97 años, así que inesperadísimo tampoco fue. Que descanse en paz la gran inspiración de Distroller; ojalá MACO le haga un in memoriam el próximo año y si quieren comprar una obra suya, recuerden que Andy compró una en 2025.
Art Basel Omakase
Y se nos fue Yayoi Kusama, la señora que consiguió convertir un pinche lunar en una marca más reconocible que muchos diseñadores completos. La artista japonesa murió a los 97 años en Tokio y con ella se va una de las figuras más cabronas del arte contemporáneo del último siglo. Y sí, antes de que digan “¿pero quién?”, probablemente han visto su obra aunque no sepan que era de ella: espejos, luces, calabazas amarillas y, sobre todo, millones de puntitos puestos hasta el cansancio.
Kusama empezó a pintar desde niña y desde entonces desarrolló una obsesión con los patrones repetitivos que terminó convirtiéndose en el sello de toda su carrera. Su infancia estuvo marcada por alucinaciones, trastorno obsesivo compulsivo y una relación familiar bastante jodida, pero la japonesa agarró todo ese desmadre y lo convirtió en arte. Básicamente encontró una manera de hacer de sus obsesiones una carrera multimillonaria.
La Messi del arte
A finales de los 50 agarró sus cosas y se fue a Nueva York, donde se metió de lleno en las vanguardias y terminó codeándose con gente como Andy Warhol y Claes Oldenburg. Hizo pinturas gigantes, performances, esculturas, moda, cine, intervenciones antibelicistas y, eventualmente, esas instalaciones de espejos y luces en las que entras cinco minutos y sales sintiendo que acabas de descubrir el universo.
En 1973 regresó a Japón y en 1990 ingresó voluntariamente a una institución psiquiátrica de Tokio. Y ahí está quizá lo más cabrón de toda la historia: siguió trabajando desde ahí durante décadas, hasta sus últimos días. La señora literalmente hizo de sus obsesiones un lenguaje artístico que terminó expuesto en el MoMA, la Tate Modern, el Pompidou y el Reina Sofía.
Entre sus obras más famosas están Narcissus Garden, Infinity Mirror Rooms y, por supuesto, la calabaza amarilla con lunares de Naoshima, esa cosa que probablemente has visto en Instagram aunque jamás hayas pisado Japón. Ya Yoirecibió prácticamente todos los reconocimientos posibles, incluido el Praemium Imperiale y la Orden de la Cultura de Japón. Murió el 14 de agosto, aunque la noticia se dio a conocer hasta ahora, y no se informó la causa.